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Biografía de George Sand en escena

Ainhoa Sánchez Díaz nos guía por la biografía de la escritora George Sand a través de esta reseña de George Sand: mi vida es la vuestra.

Ainhoa Sánchez Díaz

El drama George Sand: mi vida es la vuestra ya se ha representado en ciudades como Mallorca, Barcelona, Sevilla o Madrid, y el pasado domingo 3 de octubre a las 19:00 le tocó a la ciudad del Turia, en la Sala Russafa del Centre Cultural Docent d’Arts Escèniques. Esta obra se lleva a escena con la gran interpretación de Analía Puentes y la dirección de Jessica Walker. El texto fue escrito por Camilo Zaffara con la colaboración de Puentes, y está inspirado en Historia de mi vida, la autobiografía de la protagonista de la historia, así como en varias de sus cartas y novelas y en testimonios y documentos de la época.

Es una puesta en escena donde se refleja la Francia del siglo XIX, con el acompañamiento de una pianista en vivo, Elke Sanjosé. De esta manera, música, literatura y teatro se fusionan para reflejar una vida atravesada por la creación artística como fue la de George Sand. La protagonista es una figura clave de las letras francesas del siglo XIX, pionera en la defensa de los derechos humanos y de la mujer, comunista y, como bien dice ella misma, hija del pueblo. Siente un gran odio hacia la aristocracia y es amante de la lectura y de la escritura: «Escribo con la misma naturalidad con la que respiro». La vida de la escritora está marcada por el amor, tanto familiar como pasional. Amantine Aurore Lucile Dupin siente una gran admiración por su madre, a pesar de que, cuando su padre muere, la lleva a vivir con su abuela sin respetar su voluntad. A los 18 años la casan con un gran amigo de la familia, Casimir Dudevant, con quien tiene dos hijos. En este momento, aparece un tema transversal en la representación: el maltrato que sufre por parte de su marido. Él no quiere firmar los papeles del divorcio, y le repite una y otra vez una frase que deja a la protagonista marcada de por vida: «Ni una palabra más». En 1833 publica un libro hablando del matrimonio y recibe muchas críticas. Así pues, se instala en París, donde forma parte de diversas actividades literarias. Durante estas fechas es cuando toma el pseudónimo de George Sand, apellido de un buen amigo suyo, Jules Sandeau. También inicia una relación sentimental con Alfred de Musset, de quien está muy enamorada. Él acaba confesándole que no siente lo mismo, por lo que ella jura no volverse a enamorar más. No obstante, entabla una última relación con el compositor Frederic Chopin, pianista en la puesta en escena de la obra, pero finalmente se da cuenta de que el único amor incondicional es el de la madre, y termina diciendo: «Las cosas no han hecho más que empezar».

Unas columnas colgadas del techo formadas por hojas viejas escritas, un piano, una percha y una mesilla con un bote de tinta y una pluma sobraron para darle vida al escenario. Un decorado un tanto pobre pero completo logró que nos sintiéramos las protagonistas de esta maravillosa representación. A esta escasez de decorado, se sumaba el gran uso de la iluminación, que hacía que la escena se sintiera más viva: dominaba un cromatismo oscuro —el cual podemos relacionar con la dificultosa vida de la protagonista—, pero, en ocasiones, una ráfaga de luz iluminaba todo el escenario. De esta manera, lo que estaba pasando adquiría mayor importancia. La música del piano también acompañaba al decorado y a la iluminación, pues iba acorde con lo que estaba pasando y nos daba pistas de lo que iba a ocurrir o estaba ocurriendo. 

La actriz, con su maquillaje natural y un único cambio de vestuario para representar a uno de sus maridos, logró mantener al público enganchado a la historia durante unos cuarenta y cinco minutos. En mi opinión, el monólogo superó las expectativas de todos los espectadores, cosa que demostraron los reiterados aplausos al finalizar la obra. Analía Puentes consiguió que sintiéramos lo que George Sand había sentido durante sus años de vida. Asimismo, gracias a esta maravillosa obra, nos hemos podido acercar a la Francia del siglo XIX, a aquella Francia de Napoleón, de la Restauración Borbónica, de las Revoluciones de 1830 y 1848, de la II República, del Segundo Imperio y de la III República. 

Como conclusión, me voy a permitir añadir que, desde que se abre el telón hasta que se cierra, el teatro nos dota de una vida paralela a la nuestra, nos permite sentir lo que han sentido los protagonistas de las historias. Gracias a él, podemos acercarnos a esas pequeñas historias que arriba del escenario se hacen enormes y que con cada minuto de aplausos adquieren mayor grandeza, y no solo en la sala donde han sido representadas, sino también en nuestras vidas.

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