Ensayos y artículos

Palabras: un arma de doble filo

Herma reflexiona acerca del mensaje de odio proferido por Isabel Peralta contra los judíos e insiste sobre la importancia que tienen las palabras al respecto

Herma Boluda Rodríguez

Aleshores, per primera vegada ens hem adonat que la nostra llengua no té paraules per a expressar aquesta ofensa, la destrucció d’un home.

(Levi, 2019, p. 32)

En un artículo periodístico de hace ya unos cuantos años titulado «A los periodistas: ¿no podíamos callarnos un poco?», Rafael Reig (2015) habló de erostratismo, término definido por la Real Academia Española como «manía que lleva a cometer actos delictivos para conseguir renombre» (s.f., definición 1). Durante algún tiempo olvidé la palabra, seguramente porque el contexto no me la requirió, pero estos últimos días algo me hizo recuperarla del olvido. En todos los medios de comunicación saltó el discurso de una joven que llevaba por tesis principal la idea de que el judío es el culpable —creo que a estas alturas muchos sabrán de qué y de quién hablo—, y fue después de escuchar aquello cuando recordé aquella palabra: erostratismo.

Como sociedad tenemos un gran poder que a veces olvidamos, y es el de elegir a quién queremos visibilizar, a quién otorgamos un papel de referencia en el espacio público. Por desgracia, tenemos la mala costumbre de regalar atención a figuras que, filosófica y moralmente hablando, dejan mucho que desear. Es irónico que, días antes de que se expandieran aquellas declaraciones, estaba terminando de leer Si esto es un hombre (1947), de Primo Levi. Él, químico de profesión, italiano de nacionalidad y judío de religión, por infortunios de la vida —tal vez por azar o por la imposibilidad de escapar del contexto infernal del momento—, acabó en uno de los campos de exterminio —Lager— del Tercer Reich durante la Segunda Guerra Mundial. En los laboratorios del subcampo de Monowitz, Levi empezó a escribir aquello que no sabría decir a nadie, en una libreta y a escondidas (Levi, 2019). Por miedo a las represalias, se encargó de no dejar evidencia alguna de aquellas anotaciones, pero más tarde, cuando los campos vivieron su propio final, Levi, que los había sobrevivido, escribió este libro.

Vuelven a mí las palabras de aquella chica y pienso, a su vez, en los escritos de Levi. Y entonces no puedo hacer más que compadecerme de ella por la terrible desgracia que supone hablar cuando es el desprecio el que impulsa a las palabras a salir por la boca. El texto de Levi, que leí en la edición catalana y del que comparto aquí algunos fragmentos textuales, reiteraba la necesidad de no dejar que toda aquella barbarie fuese olvidada; el mundo tenía que saber qué había ocurrido en los campos de exterminio: «Si des de dintre dels Lager s’hagués pogut difondre un missatge als homes lliures, hauria estat aquest: feu per manera de no patir a les vostres cases això que ens és infligit aquí» (Levi, 2019, p. 73). Levi mostraba la lucha incansable que se gestaba en su interior cuando trataba de recordarse a sí mismo que él era un «hombre», no un animal ni un objeto, ni tampoco un Untermensch —infrahumano—. Cuando tatuaron un número en su piel, que sustituía su nombre y su identidad, él se reafirmaba: «Ens trauran també el nom: i, si el volem conservar, haurem de trobar en nosaltres la força de fer-ho, de fer per manera que darrere del nom quedi alguna cosa de nosaltres, de nosaltres tal com érem» (Levi, 2019, p. 33).

El historiador Ian Kershaw, en su obra Descenso a los infiernos: Europa 1914-1949, que versaba sobre los acontecimientos de la primera mitad del siglo XX, describía Auschwitz como «aquel infierno fabricado por la mano del hombre» (Kershaw, 2016, p. 495). Y es que, en excesivas ocasiones, el hombre se convierte en un lobo para sí mismo —homo homini lupus—. A veces, los acontecimientos más nefastos de la historia pueden gestarse así: una palabra de desprecio tras otra, una frase incriminatoria seguida de otra más, como la que tanto ha resonado estos días en los medios. Y, si el público lo cree —o más bien quiere creerlo—, entonces podemos darnos por perdidos.

Si realmente recae sobre nosotros la popularidad y el alcance que pueda tener una persona, elijamos bien. Elijamos con humanidad, precisamente porque esta estuvo puesta en duda para muchos colectivos. El sábado 15 de julio de 1944, escondida en la «Casa de atrás» —así llamaba al escondite donde ella y su familia se escondían—, Anne Frank escribió en su diario unas palabras de innombrable valor:

Veo cómo el mundo se va convirtiendo poco a poco en un desierto, oigo cada vez el trueno que se avecina y que nos matará, comparto el dolor de millones de personas, y, sin embargo, . . . pienso que todo cambiará para bien, que esta crueldad también acabará (Frank, 2018, p. 367). 

Si ella todavía pudo conservar un ápice de esperanza, entonces que no fuese en balde. Deberíamos echar la vista atrás más a menudo e interpretar lo ocurrido desde una perspectiva humana, y entonces —y solo entonces— decidir a quién queremos visibilizar. Por mi parte, creo que ya he elegido. Tal vez coincidamos.

BIBLIOGRAFÍA 

Frank, A. (2018). Anne Frank: Diario (8.ª ed.). Barcelona: Penguin Random House.

Kershaw, I. (2016). Descenso a los infiernos: Europa 1914-1949 (1.ª ed.). Barcelona: Crítica.

Levi, P. (2019). Si això és un home (17.ª ed.). Barcelona: Labutxaca.

Real Academia Española. (s.f.). Erostratismo. En Diccionario de la lengua española. Recuperado en 21 de febrero de 2021, de https://dle.rae.es/erostratismoReig, R. (2015, marzo 30). A los periodistas: ¿no podíamos callarnos un poco?. elDiario.es. Recuperado 21/02/2021, de https://www.eldiario.es/cartaconpregunta/periodistas_132_4299491.html

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