Ensayos y artículos Literatura

El amor cuando no hay fe en el amor: una mirada a los primeros Diarios de Anaïs Nin

Marcela Fernández reflexiona, a través de los Diarios, sobre uno de los temas que tanto caracterizó a Anaïs Nin: el amor.

Marcela Fernández

«Soy una de las pocas personas que hoy pueden decir: He amado cada día, como si el ser amado estuviera a punto de morir. Como si yo fuera a morir mañana».

Anaïs Nin, Diario III 

Anaïs Nin, la escritora del escándalo, la exótica, la excéntrica, la pasional. Quien pueda conocer su obra quizás relacionará a esta autora con la moral del deseo y la liberación del cuerpo. Como personaje público, fue cercana a muchos otros artistas, en cuyo mundo disfrutaba moverse; como autora, se vio caracterizada por sus relatos eróticos e imágenes oníricas —habiéndose obsesionado con encontrar la paz interior a través del psicoanálisis y apreciando el surrealismo como vía de escape del artista frente al mundo—. La figura de Anaïs Nin, ya sea como artista o como mujer, se ha visto siempre tergiversada y ha sido siempre polémica.

Anaïs Nin disfrazada de jaula para pájaros en la fiesta de Halloween de Maya Deren (1954), donde el tema era «come as your madness».

Un acercamiento a esta autora solamente como escritora de literatura erótica sería, por otra parte, reducir a una mínima unidad la amplitud de su persona, que ella misma definía como múltiple, como «una gran diversidad de Anaïses», siempre evolucionando, siempre abiertas al cambio. Es quizás por su posición más «liberal» en temas sexuales y/o afectivos que hemos llegado a escuchar alguna vez el nombre de Anaïs Nin, pero solo a través de su obra principal —la que ella consideraba la obra de su vida—, sus Diarios, se presenta ante los lectores como ella misma, desprovista de ese halo de misticismo en que se ve envuelta y devuelta a una condición de persona real. La lectura de estos volúmenes que la obsesionaban y que escribía compulsivamente, con la pretensión de convertir la vida en obra de arte, nos abre los ojos; es lo que nos permite conocer a esa diversidad de Anaïses más cercanas. En el prólogo del tercero de los volúmenes, Gunther Stuhlmann cita a la autora cuando ella expresa la necesidad esencial de comunicación con «el otro», una concepción de la escritura —desde su infancia más tierna, al separarse del padre— como «. . . un lugar donde impedir la desaparición de la gente que amo. Escribir contra la pérdida, contra el desarraigo, contra la destrucción» (1967, p. 14).

Como es el caso de muchas autoras polémicas, su vida personal ha eclipsado en cierta medida su carrera como escritora y su propia imagen. Son sus relaciones personales —y, en especial, sus relaciones sexuales y la forma en que vivía el matrimonio— lo que más fuegos ha encendido alrededor de Anaïs Nin y lo que la ha llevado a ser conocida como «la amante». De entre todos los vínculos que menciona la autora en su obra, quizás el más mediático y «polémico» es la relación que mantuvo con Henry Miller y su primera esposa, June, cuando aún vivían en Francia. Este periodo de su vida queda recogido en los primeros Diarios y, especialmente, en la edición libre de censura Diarios amorosos: Incesto (1932-1934) / Fuego (1934-1937) que edita Siruela en 2014 en España. Su historia —o una visión cargada de prejuicios sobre esta— con el matrimonio de los Miller nos hace llegar hasta el personaje de Anaïs Nin como la amante mítica, una imagen algo encasillada en la dicotomía de idealizada / censurada, siendo ambas opciones iguales en tanto que deshumanizantes, alejadas de la realidad de la Nin humana más allá de un personaje.

Parece imposible que al hablar de Anaïs Nin no aparezca al menos una mención (a veces incluso como figura protagónica) a Henry Miller, pero cabe hacer un inciso para aclarar que, por encima de toda relación carnal a la que creamos vernos reducidos, los vínculos afectivos entre ambos fueron mucho más íntimos y sinceros de lo que podríamos pensar en esta limitada consideración de «amantes esporádicos». Los dos autores mantuvieron una relación muy intensa no solo en términos sexuales, sino, sobre todo, afectivos. Si bien pudo ser controversial su llamada «aventura» con Henry Miller (y June Miller), es el afecto del uno por el otro, por encima de la visión morbosa, lo que los acompañaría en vida y más adelante dejaría enlazados los dos nombres. Podemos leer en varios volúmenes (las Cartas a Anaïs Nin de Henry Miller o Una pasión literaria: correspondencia (1932-1953), publicados en España respectivamente en 1981 y 2003) la inmensidad de correspondencia que intercambiaban desde diferentes lugares a lo largo de muchos momentos diferentes de su vida. Estos documentos, así como los recortes que ella misma guardó en sus diarios de estas cartas, son la evidencia, por una parte, del cuidado y el cariño con que mantenía sus relaciones personales Anaïs Nin y, por otra, del aprecio que Henry Miller sentía por ella como artista («Tienes una fe que mueve montañas, cuando se trata de los demás. Pero no contigo misma . . . Mi fe en ti es indestructible» [1971, p. 16]), de la misma forma que como persona («Henry me dijo tras leer el Diario: vives con los ojos demasiado abiertos…» [1967, p. 252]).

Anaïs Nin fotografiada junto a Henry Miller en su casa de Louveciennes, 1932.

Si nos centramos en la forma de ver y pensar la vida de la Nin humana, a lo largo de los Diarios, la idea de vivir intensa y plenamente se repite. La idea de crear, a través del arte, un mundo interior lleno de belleza. Anaïs Nin, ya muy joven, experimentó el dolor a raíz de la temprana separación de su padre, un dolor que dejaría huella en su vida adulta y que se convertiría en un tema recurrente en su obra: la ausencia del padre, a la vez que una presión constante sobre sí misma, sobre cómo «probarse» ante los demás. A esto que, a día de hoy, podríamos denominar de manera irónica daddy issues, se sumaría en años posteriores el dolor de la guerra, de la pérdida. La falta del padre y su necesidad de «ser suficiente» para alguien la lleva a volcarse en el cuidado de sus seres queridos, a crear una especie de segunda familia tanto en París como después en Estados Unidos, nacida de la necesidad de sacrificarse por el bien del otro, de dar todo el amor necesario para suplir todo el que ella misma había echado en falta y que veía que el mundo necesitaba: «En un mundo que se destruye a sí mismo por el odio, no pierdo mi facultad de querer, y los que me quieren sienten mis derrotas» (1971, p. 77).

Cuando se vive en un mundo vacío de sentimientos, una época enferma del individualismo y alejada de lo íntimamente humano, parece no haber tiempo para amar, para apreciar —en toda la amplitud de la palabra— a los seres queridos; parece haberse perdido todo vínculo emocional, toda sensibilidad. Aparece así, en la mente de la autora, una duda constante sobre la capacidad de amar en las personas que la rodean: «¿Existe el amor cuando no hay fe en el amor?» (1967, p. 314). De ese modo, surge en ella esta necesidad de poder erigirse como un lugar de protección y cobijo, como la «madre» de todos los jóvenes artistas a los que acoge en su seno y la de todos aquellos a quienes ama. Cabe indicar que Anaïs Nin había relatado, como a pinceladas, la experiencia de un aborto en sus primeros Diarios, motivo por el cual alguna vez se ha podido pensar que su forma de desvivirse por aquellos que consideraba sus hijos era una forma de hacer frente a su no experiencia de la maternidad, o bien una forma de experimentarla indirectamente; pero, por el mismo motivo que el resto de las interpretaciones dibujadas alrededor de su figura, podríamos poner en duda este planteamiento. ¿Deberíamos entender los afectos genuinos como algo «femenino»? ¿La necesidad de ayudar, cuidar, proteger… como algo intrínsecamente «maternal»? Estas son, sin duda, cuestiones de primer orden en el análisis póstumo de cualquier mujer-personaje público, pero también cuestiones que decidiremos no abordar en el presente texto, ya que es un debate bastante más amplio y complejo que nos alejaría del tema principal.

Retornando a la figura «maternal», podemos leer que en uno de sus Diarios la autora hace referencia a una Nin de diecisiete años, consciente de su deseo escondido y egoísta, de una posible situación de dolor que afectase al otro, al ser amado, con tal de erigirse como su protectora: «A los diecisiete años escribí en mi diario “Me gustaría que él fuera pobre y que me necesitara”» (1967, p. 154). Esta forma de dirigir la mirada hacia sí misma y presentarse, de alguna manera, destapada ante los lectores de los Diarios es, en última instancia, el producto de un largo proceso de «autoconcienciación». El hecho de enfrentarse a toda su «diversidad», llegando a rincones de la mente a los que a todos nos da miedo llegar a través de unos diarios que, además, dejaría leer al mundo (antes de su publicación intercambiaba los manuscritos con amigos) es quizás el gesto más valiente —o, al menos, el más humano— de Anaïs Nin. Por otra parte, podríamos interpretar el deseo oculto del dolor del otro para acudir ella misma en su ayuda como parte del denominado comportamiento «maternal» que se le atribuye —la necesidad de ser útil, de ser la figura salvadora— y que la acompañaría a lo largo de todas sus experiencias adultas, al dar la protección de una autora experimentada a jóvenes poetas, suministrar dinero y comida en momentos de escasez y enfermedad e incluso proporcionar un techo bajo el que dormir a sus amigos en múltiples ocasiones. Podemos entender cómo la necesidad a la que nos referimos no debe ser definida necesariamente como «instinto maternal», sino quizás como necesidad de belleza, producto de esta concepción del mundo enfermo. La impotencia que siente frente a las experiencias más crueles de su vida la llevan a refugiarse en su interior —en un intento por encontrar la paz dentro de sí misma— y a abrir sus puertas —invitando a entrar a todo aquel que necesitase de ella—: «Lloro, porque ya no puedo salvar a nadie. No se puede salvar a nadie, solo me queda amarles» (1967, p. 432).

El mundo de Anaïs Nin, más allá de las frivolidades y adornos añadidos con el paso del tiempo por su figura, es un mundo de experiencias mucho más amplias, de amores mucho más grandes. Ella hablaba de los personajes de sus Diarios, los seres que amaba, como tesoros, tesoros escondidos que podía y debía —debemos— hacer emerger a la superficie. Esta capacidad de ver la belleza escondida entre tanto dolor es, por encima de todo, lo que yo veo como el núcleo de toda la obra de Anaïs Nin, la obra que es, en sí misma, una vida llena de los más puros sentimientos humanos.

«Soy culpable de haber creado un mundo donde puedo vivir e invitar a otras personas a vivir . . . no renunciaré a ningún sueño, no me resignaré a ninguna fealdad, no aceptaré nada de otro mundo que no sea el que yo misma he construido» (1971, pp. 228-229).

Referencias:

Nin, A. (1966). Diario I (1931-1934) (ed. Gunther Stuhlmann, trad. Enrique Hegewicz). Barcelona: Bruguera, S. A.

Nin, A. (1967). Diario II (1934-1939) (ed. Gunther Stuhlmann, trad. Enrique Hegewicz). Barcelona: Bruguera, S. A.

Nin, A. (1969). Diario III (1939-1944) (ed. Gunther Stuhlmann, trad. Enrique Hegewicz). Barcelona: Bruguera, S. A.

Nin, A. (1971). Diario IV (1944-1947) (ed. Gunther Stuhlmann, trad. Enrique Hegewicz). Barcelona: Plaza & Janés.

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