Ensayos y artículos

Colonialismo en los libros de Tintín

Pablo Pérez Salas nos muestra la evolución del colonialismo en los libros de Tintín mediante un recorrido por la obra de Hergé.

Pablo Pérez Salas

Los cómics de Tintín han sido generalmente interpretados como un riguroso retrato de la coyuntura sociopolítica global vivida durante gran parte del siglo XX, pero también han desprendido un marcado cariz colonial caracterizado por perspectivas occidentales y estereotipos culturales europeos. Partiendo de esta premisa, sería interesante dedicar un exhaustivo estudio en el que se pudieran dirimir los aspectos en los que George Prosper Remi, alias Hergé, autor de esta colección, intentaba subvertir el orden imperialista para ofrecer una imagen rigurosa y descentralizada de los territorios bajo influencia occidental o, por el contrario, cuando los marcos de acción se fijaban en una escala infantil y estereotipada.

Sin embargo, para un análisis más acotado, podemos utilizar los cinco primeros tomos en los que el reportero Tintín viaja fuera de Europa: Tintín en el Congo (1931), Tintín en América (1932), Los cigarros del faraón (1934), El Loto Azul (1935) y La oreja rota (1937). Con esta muestra, se hace patente el progreso crítico que desarrolla Hergé a la hora de tratar con mayor o menor tacto y mayor o menor simetría las distintas sociedades con sus respectivas características y formas de vida y de dominación colonial.

Portada del libro. Recuperada de La Casa del Libro.

Tintín en el Congo es un ejemplo muy paradigmático de banalidad eurocéntrica. En esta historieta, se puede apreciar desde el primer momento cómo los hombres blancos son los que ocupan posiciones de poder: el propietario del coche que alquila Tintín es blanco, la misión religiosa que salva a Tintín en el río está liderada por un cura blanco que incluso asegura que «todo era maleza» (p. 36) antes de instalar la misión, el «proveedor de los más importantes zoos europeos» (p. 38) es blanco, e incluso podríamos decir que el profesor que enseña a los niños a realizar una operación tan «compleja» como sumar dos más dos también es blanco, ya que se trata del mismo Tintín. Además, los nativos congoleños son presentados con una capacidad deficiente a la hora de articular oraciones en el idioma de la potencia ocupante, algo que trasciende cualquier traducción, puesto que ni negros ni blancos utilizarían el español para comunicarse: «Tú no lanzarte al agua» (p. 7), «¿Ves tú ese gran barco, Bola de nieve? Pues dentro, estar Tintín y Milú» (p. 9), «Venir hombre blanco y pegar negrito. Coco tener miedo» (p. 14).

Si consideráramos bajo total garantía de veracidad el retrato que plasma Hergé, no pensaríamos que en África existe algo más que enfermedades y animales salvajes y peligrosos. Ante esta situación, Tintín es tratado como una auténtica eminencia blanca capaz de resolver todos los males existentes con su «innata inteligencia occidental». Por ejemplo, Tintín es el que toma la iniciativa a la hora de reparar una locomotora llena de pasajeros nativos que se ha estropeado a mitad del trayecto, y, tras su necesaria colaboración, empiezan a caer halagos como «el siñor blanco muy listo» (p. 20). Si avanzamos algunas páginas, vemos que Tintín es llevado entre cuatro portadores nativos a la tribu de los babaorom, donde dos individuos se pelean por un sombrero hasta que Tintín lo soluciona partiéndolo por la mitad. Ante esta maniobra, uno de ellos reacciona diciendo que «el blanco ser muy justo» (p. 28).

Como era de esperar, la violencia continua es el elemento de unión entre las tribus de la zona. La tribu matuvu le declara la guerra a la tribu babaorom, y el líder de la primera presume de ejército al estar «equipado a la europea» (p. 29). Por otra parte, también se hace patente el misticismo tribal, ya que los diferentes clanes cuentan con magos que poseen poderes para salvaguardar a la tribu de cualquier peligro interno o externo, y Tintín es considerado un «gran brujo» tras sus aportaciones en los poblados nativos. En la última viñeta, aparece un grupo de congoleños lamentando la marcha de Tintín. Uno de ellos afirma lo siguiente: «Pensar que en Europa todos los pequeños blancos deben ser como Tintín» (p. 62). También aparece un nativo venerando dos tótems construidos en honor a Tintín y a Milú, su mascota.

Tal y como indica Fernando José Alcantarilla (2014) en su tesis doctoral, el activista belga de origen congoleño Bienvenu Mbuto Mondondo presentó una demanda en 2007 contra la sociedad Moulinsart (gestora de los derechos de la obra de Hergé) que contenía la petición de prohibición del cómic Tintín en el Congo por su contenido ofensivo, lleno de estereotipos humillantes y de propaganda colonizadora que incita el paternalismo, el racismo y la xenofobia con los personajes africanos, cuya representación gráfica hace que se parezcan todos, que se asemejen a monos con bocas enormes, hasta el punto de ocupar en ocasiones la mitad del rostro; son dibujados de manera grosera y su imagen es caricaturesca.

Portada del libro. Recuperada de La Casa del Libro.

En Tintín en el Congo, Hergé alcanzó unos parámetros de representación lingüística o gráfica de los aborígenes que no se iban a superar en grado de inexactitud y ridiculez. Sin embargo, en el siguiente volumen, Tintín en América, se perpetúan mitos que las industrias culturales estadounidenses han conreado sistemáticamente, como el enfrentamiento entre los «indios» y los vaqueros. De hecho, el protagonista se viste de vaquero y es atado y secuestrado por la tribu nativa de los pies negros.

En este caso, Hergé dota de mayor autonomía e identidad a los habitantes de la zona al incluir un vocabulario propio con términos como squam o papoose. Pero el prejuicio de inferioridad intelectual que se hacía latente en Tintín en el Congo también se repite en este caso: Bobby Smiles es un mafioso contrincante de Al Capone que quiere deshacerse de Tintín, ya que este es el artífice de la lucha contra los gánsteres de Chicago. Este es el único propósito con el que Smiles se acerca a los nativos, y se aprovecha de ellos diciendo de Tintín que su corazón «rebosa odio y su lengua es veneno» y que quiere «despojar a la noble tribu de los pies negros de sus territorios de caza» (p. 19). Es por esta razón por la que los pies negros reciben con semejante hostilidad al protagonista. Es decir, los «indios» son representados como gente fácil de manipular y con unos impulsos agresivos que despiertan a la mínima.

Esta historia nos remite a las reservas para los pueblos nativos norteamericanos. Concretamente, Tintín visita una aldea cercana a una de estas reservas (Redskin City) y aprovecha para hacer una foto a un «piel roja» que se encuentra sentado, como si de una pieza de museo se tratara. Lo mismo pensaría su mascota Milú cuando dos perros se acercan a él, y su respuesta es esta: «Si se figuran que voy a dirigirles la palabra a unos perros pieles rojas…» (p. 16). La política de reservas para «indios» se inició durante la presidencia en EE. UU. de Thomas Jefferson. Según Fernando Monge (1999), el intercambio entre nativos y occidentales debía ser mínimo: mientras no estuvieran preparados para comportarse como los europeos y no fueran capaces de integrarse y ser asimilados en la emergente sociedad estadounidense, los nativos debían habitar en territorios reservados para ellos, lejos de las áreas en las que se estaban asentando los blancos. El primer encargado de la recién creada Oficina India, Thomas L. McKenny, persiguió activamente una política de «emigración, preservación y mejora de los nativos».

Portada del libro. Recuperada de La Casa del Libro.

Respecto a Los cigarros del faraón, cabe decir que es el primer tomo de una serie con el mismo hilo argumental, pero que se encuentra dividida en dos volúmenes: Los cigarros del faraón y El Loto Azul. En el primero de ellos, la destinación de Tintín es Oriente Medio, donde los árabes se presentan como víctimas del choque civilizatorio debido a su incapacidad para asimilar los avances procedentes del mundo occidental. De hecho, el comerciante portugués Oliveira da Figueira vende una pastilla de jabón de lo más normal a un hombre que, tras confundirla con un alimento, termina expulsando burbujas por la boca. Como represalia, Tintín es raptado por el afectado y llevado a la tienda de campaña de su líder, quien exclama: «No necesitamos para nada los productos averiados de lo que vosotros llamáis civilización» (p. 15).

El mito de la tierra vacía es utilizado en diversas escenas. En la mayoría de páginas del cómic, tan solo aparece desierto, y, cuando Tintín divisa una ciudad a lo lejos, sus palabras son: «¿Qué? ¡No estoy loco! ¿Una ciudad aquí?» (p. 16), como si se tratara de un hecho inesperado y extraordinario. Es más, en este caso, la ciudad resulta ser el escenario de una película en grabación.

En realidad, el verdadero componente colonial de Los cigarros del faraón se percibe en el momento en que Tintín cae de una avioneta y va a parar a la selva de la India. En este país, se encontrará con un bungaló donde vive un británico que posee empleados y sirvientes autóctonos del lugar. Volviendo a tomar la tesis de Fernando José Alcantarilla (2014) como fuente, podemos afirmar que la India se convirtió en 1858 en una colonia británica, y todas las posesiones de la Compañía de las Indias Orientales con sede en Londres pasaron a manos de la Corona, la cual designó un virrey en Calcuta que asumió la administración del territorio asistido por un consejo ejecutivo y otro legislativo. Por debajo del gobierno central —y designados por este— se encontraban los gobernadores provinciales y los oficiales de distrito. Londres respetó los tratados con los regentes locales anteriores a la rebelión, y aproximadamente el cuarenta por ciento del territorio permaneció bajo el control de más de quinientos príncipes de diferentes etnias y religiones (islámica, hindú, sij, entre otras). Bajo la dominación inglesa, la sociedad india cambió de manera notable: por debajo de las noblezas locales, emergió una pequeña clase media urbana que asumió un papel central en la promoción de los cambios en el orden colonial. De ella salieron los ideólogos y políticos que promovieron la gestación de la futura república.

Pero, volviendo al contenido de los cómics, la trama principal de Los cigarros del faraón se basa en la persecución que Tintín lleva a cabo contra una banda de traficantes de opio, una droga muy extendida en la India. Según la tesis de José Antonio Cantón (2015), las prácticas de comercialización de opio impulsadas por los portugueses en la región, allá por el siglo XVI, para cubrir la manutención de los esclavos fueron la antesala para la participación lusa en el comercio transcontinental de opio entre India y China, articulado a través de su asentamiento en Macao. China es, precisamente, la siguiente destinación de Tintín en El Loto Azul.

Portada del libro. Recuperada de La Casa del Libro.

En su estancia en Shanghai, Tintín es transportado en una carreta arrastrada por un chino, el cual termina tropezando con un británico que le propina una dura reprimenda: «¡Sucio chino! ¿Cómo te atreviste a atropellar a un blanco?» (p. 6). Igual de curiosa es una de las viñetas siguientes, cuando el señor británico entra a un bar que lleva por nombre «Occidental Private Club», lo que significa que es un espacio restringido a los occidentales. Es en este mismo lugar donde el susodicho entabla conversación con otros semejantes y da una buena muestra de los prejuicios asimétricos que el imperialismo europeo propugnaba: «¿Adónde iremos a parar si no podemos inculcarles a esos salvajes amarillos algunas nociones de urbanidad…? Te digo que da asco ya intentar civilizar un poco a esos bárbaros. ¿Es que no tenemos algunos derechos sobre ellos, nosotros que les traemos los adelantos de nuestra bella civilización occidental?» (p. 7). Además, las personas chinas son etiquetadas despectivamente como «culis» o «salvajes amarillos» (p. 7). Es obvio que, a diferencia de en tomos anteriores, la intención de Hergé era la de mostrar y denunciar este tipo de actitudes de deslegitimación constante hacia los nativos.

Pero, en este tomo, la injerencia occidental también se circunscribe al imperialismo japonés, sobre todo en el negocio del opio que gestiona en Shanghai el antagonista, Mitsuhirato. Además, después de que Mitsuhirato bombardee la vía férrea Shanghai-Nanking y culpe a los chinos de ello, aparecen discursos políticos que legitiman la ocupación de China porque Japón es el «guardián del orden y de la civilización en Extremo Oriente» (p. 22).

Portada del libro. Recuperada de La Casa del Libro.

Para terminar, Tintín viaja a Latinoamérica en La oreja rota. Los países ficticios de San Teodoro y Nuevo Rico se declaran la guerra para obtener la completa administración de la región del Gran Chapo, aunque en realidad todo este entramado responde a una estrategia neocolonial promovida desde EE. UU., concretamente por la General American Oil, una compañía que pretende conseguir el derecho de explotación de los yacimientos de petróleo de esa zona, motivo por el cual incita a la guerra a ambos países.

Al final de esta historia es cuando Tintín se adentra en la selva amazónica y encuentra tribus nativas como los bíbaros. El reportero queda prisionero de esta última y recibe la advertencia de que van a reducir su cabeza. De hecho, es muy probable que Hergé se basara en los jíbaros para determinar el nombre de la tribu, ya que estos son bien conocidos por su tradición de reducir la cabeza de los enemigos y colgar el trofeo en la propia cabaña. Esta costumbre horripiló tanto a los primeros misioneros, militares y colonos —blancos o mestizos— que a lo largo del siglo pasado y la primera mitad del siglo XX se convirtió en una imagen conocida en todo el mundo occidental, según el doctor en antropología social y cultural Josep Maria Fericgla (1994).

¿Hergé documentándose? Sería algo impensable en los primeros tomos, cuando los congoleños estaban prácticamente caricaturizados y mostraban una incapacidad insultante a la hora de hablar, o cuando los árabes se plasmaban como inadaptados que se tragaban las pastillas de jabón. Sin embargo, debemos concluir este texto reconociendo el progreso crítico que experimenta Hergé en sus creaciones. Al fin y al cabo, esto es lo que ha inferido a las historietas de Tintín el valor tan alto con el que han trascendido en el tiempo. Tintín es una referencia para varias generaciones del siglo XX y XXI, pero no sería justo considerar su contenido de un modo homogéneo y totalizador desde una posición pasiva y acrítica.

REFERENCIAS

Alcantarilla, F. J. (2014). El siglo XX en viñetas: relaciones internacionales y humanismo en el cómic europeo. (Tesis doctoral. Universidad Pompeu Fabra, Cataluña). Recuperado de https://www.tdx.cat/handle/10803/290071#page=1

Cantón, J. A. (2015). Opio, comercio y colonialismo: el opio en la penetración colonial europea en Asia y China. (Tesis doctoral. Universidad de Granada, Andalucía). Recuperado de https://digibug.ugr.es/handle/10481/41152

Fericgla, J. M. (1994). Los jíbaros, cazadores de sueños. Diario de un antropólogo entre los Shuar. experimentos con la ayahuasca. Recuperado de https://es.scribd.com/document/241069343/Los-Jibaros-cazadores-de-suen-os-pdf

Hergé (1931). Tintín en el Congo (22ª ed.). Barcelona: Juventud.

Hergé (1932). Tintín en América (22ª ed.). Barcelona: Juventud.

Hergé (1934). Los cigarros del faraón (24ª ed.). Barcelona: Juventud.

Hergé (1935). El Loto Azul (25ª ed.). Barcelona: Juventud.

Hergé (1937). La oreja rota (23ª ed.). Barcelona: Juventud.Monge, F. (1999). Un largo camino de lágrimas: la política india de los Estados Unidos de América. Revista de Indias, 59(217), 825-826. Recuperado de http://revistadeindias.revistas.csic.es/index.php/revistadeindias/article/view/836

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