Ensayos y artículos

Lectura como resistencia a lo intempestivo: el problema de la filología desde la hermenéutica literaria

Cristóbal Navas García reflexiona acerca de tres grandes conceptos: la lectura y sus cambios a lo largo historia; el papel del lector; y, finalmente, la filología.

Cristóbal Navas García

Palabras clave: posmodernidad; literatura; filología; filosofía; poshistoria; hermenéutica; transfronterizo; resistencia; intempestivo; adentro; afuera otro; contemporaneidad.

I

A menudo somos viajeros, aunque no salgamos de nuestra biblioteca. A veces debemos comprar un billete de tren de no retorno y sentir lo que es viajar de noche, cuando la oscuridad impera y nos sentimos más vulnerables, más expuestos a los peligros de lo desconocido. Es decir, cuando nos sentimos abandonados a la intemperie. En estos momentos, en los que estamos solos y perdidos, nos podemos hacer la pregunta: «¿Qué puedo hacer para abandonar este estado intempestivo que me atormenta?». Algunos gritarían desesperadamente, anhelando que alguno de los animales —que no son domesticados por los encantos de la luna— les dé una respuesta apaciguadora. Otros, quizás, arrepentidos de haber tomado la decisión de emprender ese viaje, tratarían de regresar a sus casas, donde les esperaría la chimenea encendida, con el periódico sobre la mesa y un plato de sopa caliente. Sin embargo, ninguno de estos dos ejemplos se corresponde con el ávido lector contemporáneo.

Quien lee desde dentro, desde su corazón y sus entrañas, se adentra en el frondoso bosque del desconocimiento, donde las tinieblas se ciernen sobre el lector para angustiarlo, presentándole, de la forma más cruda, pero cierta, lo perdido que está. En ese perderse, el lector se permite el lujo de desvanecerse en sí mismo, pese a que la herida epistemológica esté abierta, buceando entre los límites de la ficción y la realidad. La lectura es un humilde candil que alumbra con dulzura y tenuidad el frío camino del viajero. El lector acude al libro porque, en la nebulosidad del no saber, busca «desocultar» algo, intenta orientarse a través del pensar, escruta entre la maleza y las ramas de los densos árboles para revelar un modesto claro de luz.

En la posmodernidad, parece que el frenesí de «la actualidad» causa estragos cuando se trata de leer con lentitud —y, más específicamente, de releer— páginas enteras una y otra vez. El consumismo en el que estamos eyectados —empleado como arma «biopolítica» arrojadiza— es la consecuencia de la llegada de lo que se conoce como «poshistoria»[1], la historia del no-cambio, de una homogeneización que se adueña del «afuera» para incluirlo en un recóndito «adentro» en el que las tinieblas de la desidia ahogan el anhelo de la posibilidad del devenir. Así pues, el capitalismo se cierne sobre el deseo para anular cualquier tipo de «espera» (incluida la lectura). Dicho lo cual, únicamente podemos llegar a una conclusión: el lector contemporáneo es alguien que pertenece a dos marcos temporales (presente y pasado). El pasado juega un papel fundamental en la lectura, aunque parezca que se nos ha olvidado mirar atrás, dejar a un lado la actualidad tan desaforada que nos acongoja. A veces, mirar atrás significa detenerse y leernos con calma, buscarnos a nosotros mismos, o, como ya dije, orientarnos.

El lector contemporáneo no solo se sitúa en una doble dimensión temporal, sino también espacial. No solo leemos desde dentro, sino también desde fuera. Por ese motivo, podemos decir que leemos desde un ojo intempestivo. Desde que fuimos expulsados del paraíso[2], en el «afuera» hay algo que nos inquieta, algo que no sabemos nombrar, pero que es violento. Para resistir a la tormenta existencialista en la que vivimos, es necesario y prácticamente urgente construir un refugio en el que nos sintamos amparados. El lugar en el que nos podemos sentir más abrazados y reconocidos es en la figura del «otro».

Sin embargo, con la apertura de las puertas a la poshistoria, parece que el cambio no tiene lugar en la contemporaneidad. La homogeneización y tecnificación de las artes, de la educación y de nuestra forma de leer imposibilita que suceda «el acontecimiento», que la luz permee los espesos matorrales que ennegrecen nuestros vacilantes ojos.

El primer paso es reconocer nuestra herida, saber cuáles son nuestros límites y, solamente desde ellos, operar, operar en pos de algo que no se nos ha sido legado, porque ya no tenemos padre que nos legue nada. Durante el transcurso de los diferentes siglos, parece que lo único que ha resistido al martillo filosófico ha sido «la nada». El resto ha quedado fosilizado en ruinas y escombros.

Con la muerte de Dios, a simple vista, resulta casi imposible trepar hasta los hombros de los gigantes de antaño para ver más allá del horizonte, porque todo se ha relativizado. Nuestro padre ha muerto y, con él, se han derrumbado todas las categorías en las que nos enmarcábamos. La contemporaneidad precisa de un gesto anómalo: construir desde las ruinas una nueva realidad, una realidad fragmentaria fundada desde los límites, desde el «afuera» y el «adentro» más unamuniano. Cuando los recursos se agotan, es cuando, solo desde los residuos, se puede engendrar algo nuevo.

Leer implica mirar hacia atrás para encontrarnos con el hoy, con un hoy en el que lo único que podemos hacer es resistir. Resistir es abrazar al «otro», dejar que abra nuestras incurables heridas y dejarnos interpelar. Resistir es un acto tan íntimo (o nuclear) como respirar y, a su vez, uno de los actos más políticos que se pueden realizar. Implica abandonar esa ontología de la operatividad que atraviesa occidente para tomar una postura radical: la quietud.

Para ello, siguiendo los pasos de Giorgio Agamben[3] en Polichinela o divertimento para los muchachos (2019), recuperados por Bernat Garí Barceló[4] en sus artículos y enseñanzas en la Facultad de Filología y Comunicación de Barcelona, se debe rearticular nuestra borrosa forma de leer, superar las categorías estancas del imperativo —pues implícitamente nos hace buscar esa eficiencia laboral tan enfermiza que nos atraviesa— y del subjuntivo —que favorece la procrastinación—. Sembremos las semillas del futuro en presente de indicativo y leamos desde el ahora. ¡Renunciemos a la búsqueda de la anagnórisis y catarsis trágica y apoyemos nuestra cabeza en el regazo de la comedia clásica! «Ser» no es ser eficiente, sino que apunta a todos esos lugares en los que no somos eficientes, y, quizás, sería un gran punto de partida desde el que emprender nuestro viaje. Es decir, mantengámonos embrujados por la quietud y la espera del abrazo del «otro», un «otro» que quizás jamás llegue, pero que configura nuestra mirada hacia un lugar más crítico y creativo.

El gesto del buen lector es muy parecido al de sor Juana Inés de la Cruz en Primero Sueño (1989): un movimiento pendular, de atrás a delante, de forma cíclica. Evitemos ser faetón y creernos soles, porque dar un paso atrás es dar un paso adelante. Para eso, querido amigo, nos sirve leer, para no incidir en la banalidad.

Es hora de apuntar hacia una nueva modernidad, de proyectar la lectura hacia un espacio que aún no ha encontrado un paraje físico, pero sí uno ideológico que apunta hacia la desintegración de las fronteras en pos de acercarnos más al «otro», a lo heterogéneo, a aquello que apela a lo más íntimo del ser humano: la diferencia. ¿Por qué no dejar a un lado la posmodernidad y adentrarnos en la «transmodernidad»? Una transmodernidad que, tal vez, permita desprendernos del fascismo del propio lenguaje (Barthes, 1982) y poder hablar de América o los países árabes sin una mediación histórica ni religiosa. Desde los pequeños gestos, como leer, se puede emprender una rearticulación de nociones políticas. En otras palabras, avivar la llama de la literatura; que leer no sea un gesto arqueológico, sino político y, en consecuencia, revolucionario.

II

La búsqueda poética de la verdad en un «afuera» impenetrable supone quedarse tan solo a las puertas de lo que la verdad como aletheia[5] susurra al oído del filólogo contemporáneo. Así pues, la hermenéutica[6] de la sospecha[7] será el faro que nos ilumine en la noche cuando las olas rompan contra las rocas violentamente. Acudamos a la tradición y a la historia desde la sospecha para adentrarnos en los textos, avancemos hacia un horizonte acompañados de la duda mientras el sol se pone, postremos nuestros contemplativos ojos ante el texto para «desocultar», igual que lo hace el poeta, las cuestiones más íntimas que nos atraviesan.

¡Sospechemos de las lecturas que nos ha legado la tradición! ¡Bifurquemos nuevos senderos por los que transitar! ¡Escuchemos las confesiones más hirientes de los textos que quedan silenciados por el canon! ¡Alcemos el bolígrafo y tratemos de escribir lo que una página silenciosa no puede decir! En otros términos, ¡sospechemos de la filología tal y como nos ha sido legada para adentrarnos en un horizonte no pensado!

Nuestra premisa es desconfiar de la filología para desvincularnos de su implícita jerarquía eurocentrista. Apuntar hacia todas las periferias que la filología arrincona es dar un paso hacia una nueva filología, una filología transfronteriza. Busquemos una filología que opere desde el «afuera» del ojo europeo, que examine las diferencias y similitudes entre comunidades remotamente alejadas en las que, pese a la lontananza, en todas ellas algo ha florecido: la poesía y un paradigma estético.

Tanto la historia como la filología se institucionalizaron en el siglo XIX, por lo que cargan sobre sus hombros la inquietante postura imperialista, la misma que ha embadurnado el paradigma de la historia con relatos heroicos y ficcionados inspirados por el habla de los vencedores. Todos hemos oído alguna vez el dicho popular «la historia ha sido escrita por los vencedores, y la literatura por los vencidos», pero, ¿qué ocurre con la historia de la literatura? Bernat Garí Barceló (2020) trata de dar respuesta a este interrogante y apunta que la historia de la literatura es una construcción franqueada por intereses ideológicos que se ha cimentado por los vencedores con las voces de los vencidos.

Pensar en filología hispánica como un concierto armónico en el que Lope de Vega, Miguel de Cervantes y Francisco de Quevedo bailan al son del himno nacional es hundirse en el paradigma nacionalista —introducido por las posturas más tradicionalistas— que atraviesa nuestra herencia literaria. Los vencedores han erigido el modelo «Estado nación» fundado en la idea de España como concepto unitario (dirigiendo el foco especialmente hacia la literatura castellana). ¡Huyamos de esa filología que limita y restringe! ¡Paseemos por la ribera del Sena con Virginia Woolf! ¡Tomemos café junto a Sartre! ¡Reformulemos la filología hispánica! Porque la filología trasgrede cualquier tipo de categoría nacionalista.

Renovar la filología conlleva dejar a un lado la visión historicista respecto a la figura del autor. Vayamos de lleno a lo que el texto dice, pero también a lo que calla. Seamos hermeneutas. Edifiquemos una filología transfronteriza instigada por un pensar recurrente, volviendo como las olas del mar a lo leído para revelar algo que no había sido antes contemplado. Compongamos un paraíso poético donde las ideas se encuentren sosegadas y elocuentes en el elíseo filológico, en el edén donde nos timonea el pensamiento.

Ser filólogo es abrazar a los pintores, filósofos y músicos, teorizar y buscar similitudes entre un texto barroco y una fuga de Bach. Ser filólogo es cultivar el espíritu acogiendo a las ciencias hermanas en uno mismo a fin de revalorizar las obras. En otros términos, para ser filólogo es necesario quebrantar lo que se entiende por filología y permutarlo por un modelo que hilvane la literatura con el resto de disciplinas artísticas y, desde luego, con lo más nuclear de nuestra existencia: la vida misma.

La hermenéutica es la posibilidad de que el texto se convierta en el «otro» para encontrar las respuestas que aguardan en su corazón, las que provocan un cambio en el «yo» desde el pasado en el presente. ¡La obra de arte es un «otro» con el que nos encontramos! Leamos desde nuestra «flor»[8] más íntima sumidos en una búsqueda conjunta, pero a la espera de que cada uno de nosotros halle respuestas dispares en el texto.

Participar en la «dialéctica de la mirada»[9] es construir una nueva filología, una filología del «otro». Iluminemos el itinerario de los estudiantes preguntándoles de qué son contemporáneos o qué les inquieta. Brindémosles la oportunidad de ser hermeneutas del tiempo que viven. ¡Basta de arrastrar los grilletes del positivismo decimonónico! ¡Basta de objetivar la obra de arte como una cúpula impenetrable! ¡Del leer brota el oasis en el desierto! De la lectura nace lo inesperado, lo que hace que nuestro corazón dé un vuelco: lo contrario a nosotros. El «yo» y el «otro» se hacen uno para desvelar juntos los misterios de la contemporaneidad: «Je est un autre» (Rimbaud, 1871, párr. 17). En el «otro», en definitiva, me encuentro y me distingo.

El rumbo de la nueva filología debe ser el de la dialéctica, el de volver a los comienzos, a esa «Filosofía inacabada» de la que nos habla Marina Garcés[10] en su obra homónima. Recordemos con qué nos comprometemos al aventurarnos en el camino de las humanidades. ¡Volvamos a las preguntas que siempre nos han perturbado! ¡Partamos en barco hacia la lejanía de otros puertos! Exploremos lo no visto, dejémonos afligir por el «otro» y abracémoslo con ternura. Querido lector, rómpeme por dentro para hacerme uno nuevo, porque «allá donde la filosofía entra con el pensamiento, no vuelve a crecer la hierba» (Fink y Ortega, 2011, p. 126).


[1] Francis Fukuyama teoriza sobre el concepto «poshistoria». De acuerdo con Fukuyama, la historia acabó en 1991 con la desintegración del bloque comunista soviético, pues, en lo esencial, el mundo ya no cambiará.

[2] Nuestra tradición cristiana nos adhiere a un marco del afuera, de haber perdido el paraíso que Dios nos legó en el Antiguo Testamento. Desde que Nietzsche declaró la muerte de Dios, encontrar un hogar en el que refugiarnos es más arduo. Josep María Esquirol retoma esta imagen para hablar de la resistencia en su obra La resistencia íntima: ensayo de una filosofía de la proximidad (2015).

[3] Giorgio Agamben es un filósofo italiano que apunta a un modelo filosófico «macro» en la misma línea que Foucault. Ambos desarticulan los límites de las disciplinas del saber para evidenciar que, entre literatura y filosofía, no hay tantas fronteras.

[4] Bernat Garí Barceló, doctor en literatura hispanoamericana en la Facultad de Filología y Comunicación de la Universitat de Barcelona. Destaca por su metodología docente, pues hermana la filosofía y la literatura con mucho éxito a través de pensadores como Heidegger, Agamben o Arendt.

[5] Heidegger distingue la verdad como adequatio, la verdad cuantificable y la verdad como aletheia. Esta última solo puede descubrirla el poeta.

[6] La palabra «hermenéutica» tiene su origen etimológico en el dios Hermes. La obra de arte, igual que Hermes, es un mensajero del pasado que interpela al hermeneuta de forma que desvele respuestas abocadas al futuro.

[7] Paul Ricoeur introdujo el término «hermenéutica de la sospecha» en su obra Freud: una interpretación de la cultura (2007). La acción de sospechar no se opone a la lectura de la tradición o de la historia, sino a las lecturas aceptadas como válidas por el mero hecho de formar parte del canon.

[8] Todas las flores emiten un olor, un persuasivo olor que, en cada uno de nosotros, resuena con diferentes matices. Asimismo, el texto dialoga con cada uno de nosotros para decirnos algo nuevo.

[9] Término propio de Walter Benjamin, una dialéctica del vagabundeo, del caminar o el errar. Una dialéctica con el «otro».

[10] Marina Garcés es una destacada filósofa catalana que, en el prólogo de su obra Filosofía inacabada (2015), propone regresar a la Filosofía más primitiva: el pensar en las calles y filosofar en las plazas públicas.

Referencias

Agamben, G. y Heller-Roazen, D. (19998). Homo Sacer: Sovereign power and bare life. Stanford: Stanford University Press. 

Fink, E. y Ortega, I. (2011). Hegel. Barcelona: Herder.

Garcés, M. (2018). Filosofía inacabada. Barcelona: Galaxia Gutenberg.

Garí, B. (2019). Reconceptualización de la noción transculturación en La música en Cuba de Alejo Carpentier. Anales de Literatura Hispanoamericana, 48, 485-500. doi: 10.5209/alhi.66798.

Hesse, H. (2011). Demian. Madrid: Alianza Editorial. 

De la Cruz, J. I. (2018). Primero sueño y otros textos. Buenos Aires: Losada.

Rimbaud, A. (1871). Lettre de Rimbaud à Paul Demeny – 15 mai 1871. Recuperado de https://fr.wikisource.org/wiki/Lettre_de_Rimbaud_%C3%A0_Paul_Demeny_-_15_mai_1871

Barthes, R. (1982). El placer del texto: lección inaugural de la cátedra de semiología lingüística del College de France pronunciada el 7 de enero de 1977. París: Titivillus.

Valverde, J. (2008). Vida y muerte de las ideas. Barcelona: Ariel.

Voltaire, F. y Iotti, G. (2016). Cándido. Torino: Einaudi.

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