Escritura creativa

Disparos de tinta

«La pluma es más poderosa que la espada». Azucena Guimerá nos emociona con un relato en el que reflexiona acerca de la importancia de la escritura. Una historia familiar con un final sorprendente.

Azucena Guimerá

«The pen is mightier than the sword».

Edward Bulwer-Lytton, Richelieu

La habitación era grande y espaciosa. Jane nunca había necesitado muchas cosas, por ello la estancia solo contaba con un armario empotrado y un escritorio que habían acercado a la cama cuando los síntomas de su enfermedad se habían agravado, lo que la había obligado a permanecer la mayor parte del tiempo postrada. Allí los días eran iguales y por ello, insoportables. Jane vivía atormentada por los fuertes dolores que solo conseguía mitigar con la morfina, la cual producía en ella un estado ausente y casi más doloroso, pues, pasado el efecto, la agonía era más fuerte, y la tristeza también. Solo una cosa conseguía apartar el sufrimiento y la desesperación a la vez: su pequeña Rose, que acudía todas las tardes a su encuentro. Hoy su sobrina estaba sentada al lado de la cama, como de costumbre, con la mirada ansiosa, consciente de la necesidad de grabar ese momento en su retina para volver a él cuando Jane se hubiera ido. Sin embargo, esta vez era diferente, pues, a pesar de su debilidad, su tía se encontraba incorporada, apoyada sobre los almohadones. 

—Esta tarde, Rose, tengo que contarte una historia importante, una historia que cambió mi vida y de la que quiero que seas testigo. Sé que al principio no la entenderás, pero confía en mí y guarda con sumo cuidado este pequeño pedazo de mi corazón que te ofrezco. 

»Todo el mundo ha oído, en algún momento de su vida, las historias de los grandes generales, de los hombres de guerra que arriesgan su vida por la patria, el honor o la paz, entrenados en medio del estruendo de los cañonazos y el clamor de los caídos. Para algunos, siembran la destrucción y la desgracia, y, para otros, son portadores de libertad y armonía. Lo cierto es que, para bien o para mal, tienen el poder de cambiarlo todo, y esto despierta la ambición de muchos que pretenden tomar parte en la refriega, olvidando en ocasiones que tienen tantas posibilidades de salir victoriosos como de perecer en combate. La ambición, mi querida Rose, es un sentimiento muy poderoso, y no solo nace en las personas: también anida en los objetos. Si no, ¿cómo explicas los destellos iridiscentes que produce la piedra de la gargantilla de tu madre cuando un rayo de sol incide sobre ella? No es casual, Rose. Nunca lo es. El brillo es intencionado y pretende eclipsar todo lo demás. 

»Esta ambición, que muchas veces nos pasa desapercibida, es la que se originó en un pedazo de cobre hallado en una mina de Cornualles, al sur de Inglaterra. Fue extraído de la veta por las humildes manos de un minero y transportado hasta el taller de un herrero, donde los martillazos del artesano sobre el metal ardiente despertaron la ambición de ese trozo de cobre que quiso ser tan duro como la cabeza del martillo, capaz de moldear el hierro sobre el yunque. Durante semanas, el choque de las herramientas fue el ritmo constante que habría acompañado los latidos del cobre si hubiese tenido corazón. Un día, sin previo aviso, sonó un fragor aún mayor que el de los martillazos: un cañonazo tras el cual el mundo calló bruscamente. El pequeño trozo de cobre se asombró ante la potencia del estallido. Estuvo recreándolo mucho tiempo dentro de sí y dejó de oír el martillo. Se imaginaba que el objeto capaz de hacer semejante ruido no moldearía el hierro, sino que lo quebraría, y quiso formar parte de él, para ser grande y poderoso. Llegó el día en que lo tomaron del montón (a él, solo a él), y, de pronto, sintió el calor sofocante de la fundición y deseó que lo transformasen en un majestuoso cañón o en unas fortísimas tenazas. Cuando lo sacaron de ahí, el cobre se notó fino y ligero y se concibió a sí mismo como el filo de una daga que sabía que, a pesar de no ser tan imponente como la artillería pesada, era capaz de rayar el metal y de cortar la carne. 

»Una vez finalizado el proceso, fue llevado hasta el pequeño comercio de un edificio de fachada sencilla y vieja, en cuyo interior lo depositaron sobre un mostrador. Allí unas manos arrugadas y cálidas lo cogieron y lo examinaron, después lo manipularon y lo hicieron aún más pequeño y finito, y, finalmente, lo unieron a una pieza alargada de acero inoxidable. Quedó el trozo de cobre unido a tan extraño objeto y abandonado encima de la mesa. Sus delirios de grandeza se empezaron a desvanecer ante el silencio sepulcral de la estancia rodeada de estanterías con libros y tinteros. La realidad es que ese pedazo de cobre formaba parte de un estilógrafo, así que tuvo que olvidarse de la violencia y la potencia de los cañones y los martillos y resignarse a permanecer expectante en el polvoriento escaparate. El cobre perdió la noción del tiempo, y pasaron los meses hasta que, finalmente, una mañana el sol se oscureció, y, al otro lado del cristal, apareció el rostro de una joven sonriente. Al momento, la pluma se encontraba en un estuche de madera, cuyo interior estaba forrado de un terciopelo rojo suavísimo. Cuando se abrió la caja, ya no estaba en la tienda, sino en un despacho con vitrinas más repletas de libros, si cabe, que las estanterías del almacén. Unas manos jóvenes y marmóreas cogieron la pluma, y el cobre sintió, perplejo, cómo un líquido fluido y aceitoso corría por su interior antes de impregnar el papel sobre el escritorio. Las manos le dirigían para que dibujase los trazos y, aunque al inicio le resultó algo forzoso, empezó a dejarse llevar por la coreografía que marcaba la muñeca, permitiendo que la tinta manara de él. Fue un baile corto y, cuando volvieron a depositar la pluma en el estuche, el cobre estaba confuso y vibrante, ansioso de seguir experimentando aquella danza de letras y garabatos. 

»Él, que se había imaginado destruyendo el metal y la piedra, ahora se descubría moviéndose por el papel delicadamente. Durante las veces que siguieron a la primera, la pequeña pieza cobriza se familiarizó con el papel y con los movimientos rítmicos que dibujaban las letras, y en las siguientes empezó a disfrutar, llegando a anticiparse a los vaivenes de la mano, en la que encontró un hogar. Era la pluma la primera en leer las historias que se escribían con ella, y pronto, en el trozo de cobre, nació una ambición vastísima en tanto que variada, que se ajustaba a la necesidad de la escritura, de modo que, en ocasiones, pretendía ser veloz, iniciando una carrera frenética sobre el papel, y otras veces, sutil, recreándose en el trazo gustoso, permitiéndose saborear cada gota de tinta que fluía de él. No extrañó en ningún momento los cañonazos y se consagró al murmullo del papel a su paso. Participó en las batallas de todos los relatos, experimentando el dolor y la victoria de los personajes como propio. No destruía nada, sino que velaba por no rasgar el papel, empresa que, con el tiempo, aprendió que era mucho más complicada. Aunque no era consciente, todas las aventuras que dibujó supusieron un cambio que, a la larga, sería más duradero que la marca de un fusil. Este pedazo de cobre era pequeño y solo podía albergar un sentimiento que no fuese demasiado grande. Por ello, la felicidad estaba fuera de su alcance. No obstante, su ambición, ahora renovada, constituía lo más cerca de ella que podía llegar a estar. 

»La historia que te refiero Rose, llega aquí a su fin, y ahora te preguntarás cómo sé todo esto que acabo de compartir contigo. Pues bien: ese pedacito de cobre forma parte del estilógrafo que me ha acompañado gran parte de mi vida. Aunque me pese el corazón por ello, sé que no podré escribir mucho más con él, y es por ello por lo que quiero dártelo a ti. Tómalo sin reparos, cuídalo bien, escribe con él lo que tu alma te dicte y viaja lejos en el lugar y en el tiempo. Yo estaré contigo, te lo prometo.

Cuando su tía dejó de hablar, en la mejilla de Rose, hizo acto de presencia una lágrima que había escapado de la fortaleza de sus ojos. Su tía, con una mirada cristalina, le entregó una pequeña caja de madera con una sencilla inscripción en el lomo en la que se podía leer claramente: «J. Austen».

3 comentarios

  1. Que micro historia más bonita, casi tanto como tú, querida Azucena.
    Espero con anhelo la siguiente historia escrita con esa pluma tan especial que nace de tu corazón y talento.
    Te AILOVIU FOREVER.😘😘😘

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  2. Increíble relato de la mano de una increíble escritora.

    Desde el principio capta tu atención, un escrito lleno de detalles que te envuelven y te transportan a ese mismo momento. Cuando menos te lo esperas ya no puedes dejar de leer, entre una descripción y otra te has quedado atrapado.

    Una historia que no te deja indiferente. Me he sentido Rose. Llegarás muy lejos, Azucena.

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