Ensayos y artículos Historia

La importancia de la disciplina histórica frente a los usos políticos: el ejemplo del fascismo

Ángel Serna vuelve a reflexionar acerca de la relevancia de la Historia, en este caso, frente a los usos políticos y cómo esta disciplina humanística puede ser fundamental en la actualidad.

Ángel Serna Ferrer

Visto lo visto, bastaría con darse una vuelta por Twitter o disfrutar de una «buena» sesión del congreso de los diputados para llegar a una conclusión sobre qué es fascismo y quién es fascista. Hoy en día, no sé si por suerte o por desgracia —juzguen ustedes mismos—, cualquier persona tiene la capacidad de participar en esa construcción política de la historia.

Sin embargo, la realidad es que la historia —en este caso la del siglo XX— es mucho más compleja de lo que cualquier uso político decida aventurar. Es por ello que la figura del historiador como investigador, analista y especialista en su campo debe erigirse como el principal argumento de valor. Es el historiador quien se encarga de analizar y contrastar las fuentes y de reconstruir científicamente el pasado; una tarea ardua y, en muchos casos, contradictoria. Y lo es principalmente porque, como dicen tantos historiadores, «el pasado no existe». El pasado ha desaparecido con el tiempo y nos ha dejado tan solo unos vestigios y unos testimonios que el historiador debe encargarse de estudiar con delicadeza y colocar en su contexto.

Así pues, lo que estamos presenciando actualmente es cómo este método histórico tan complejo se desecha por una explicación histórica simplona con fines políticos. Vaya, como si el trabajo de decenas de historiadores se pulverizase en una de esas trituradoras de papel que tanto hemos visto en el cine.

Bien es cierto que, desde su nacimiento, la disciplina histórica ha sido ligada a la legitimación y la defensa de ciertos ideales políticos. Las corrientes historiográficas, tanto decimonónicas como de principios del siglo XX, han servido a múltiples ideologías (como a los nacionalismos) para encontrar sus raíces y sustentar sus ideales. Unas interpretaciones del pasado histórico que en la actualidad no son suficientes para comprender su complejidad.

Por su parte, el fascismo —como una ideología que lleva intrínseco el ultranacionalismo— apelará a un pasado idílico para afianzar sus cimientos, sirviéndose para ello de una historia tergiversada. Para comprender el fascismo, que, como bien refleja Emilio Gentile, es una tarea confusa (Gentile, 2019), será necesario retroceder varios años desde la creación del partido nacional fascista en 1921, es decir, rebobinar hasta la crítica de la razón ilustrada y de la «degeneración» nacional ocurrida en los albores del que, como diría Hobsbawn, es el corto siglo XX (Hobsbawn, 2000). Será esa crítica al «progreso» liberal por parte de los sectores ultraconservadores la que, sumada a la experiencia de la Primera Guerra Mundial, construya una nueva ideología que amedrente un orden económico, político y social que venía consolidándose desde finales del siglo XIX.

Así pues, la guerra de trincheras supuso una experiencia única y cristalizó las tendencias reaccionarias minoritarias de la primera década del siglo XX. Lo vivido en la Gran Guerra no tiene precedentes históricos, y el clima de camaradería originado en el campo de batalla se trasladó luego a la sociedad de entreguerras europea. Serán, pues, esos excombatientes veteranos los que, primero en Italia con los Fasci Italiani di Combattimento y luego en Alemania con el Partido Nacionalsocialista, crearán asociaciones de tipo político y paramilitar con el objetivo de derribar el orden liberal establecido (Saz, 2003).

Así las cosas, estudiar y analizar el fascismo resulta complejo por la diversidad temporal y espacial que hay que tener siempre presente. No obstante, los regímenes fascistas históricos o de inspiración fascista presentan unas características comunes evidentes: el ultranacionalismo o la nación como el todo, el antiliberalismo, el antisocialismo y el racismo. Aun así, la divergencia del fascismo histórico sigue siendo muy compleja, y resulta comprometido establecer analogías entre este tipo de regímenes totalitarios ultraconservadores y otro tipo de ideologías, instituciones o formaciones políticas del presente (Gentile, 2019)[1]. Por ello, convertir el estudio y análisis del fascismo en una palabra desnaturalizada —¡fascista!—, sin tener constancia de las características originarias ni de las particularidades de su evolución —que tantos historiadores han investigado y reflejado en sus obras—, supone una gran demostración de la ignorancia que un uso político puede llegar a instalar en la sociedad.

El ejemplo del fascismo y su complejidad debe servirnos para darnos cuenta de la importancia que el historiador tiene en la actualidad. El siglo XX ha hecho mella en la sociedad contemporánea; es evidente. Y lo es, principalmente, por la profunda violencia que se ha generado, desde la violencia en las colonias hasta la guerra de Yugoslavia, pasando por las guerras mundiales, el holocausto judío, el «archipiélago gulag» o la continua violencia sexual (Casanova, 2020). En este sentido, y con mayor motivo, es esa presencia de la historia reciente en la mentalidad de las personas la que debe hacer que aumente la voz de los historiadores. ¿Quién sino conocerá mejor una historia que alguien que ha estado años investigando y contrastando sus fuentes? La pregunta se responde por sí sola.

En definitiva, si desean aproximarse al pasado de forma crítica, si verdaderamente aspiran a comprender la evolución histórica de la humanidad con sus matices y complejidades, lean y escuchen a los historiadores. Son ellos —y no los políticos— los que deben sustentar los argumentos históricos que inundan la vida pública de nuestro presente.


[1] Por lo que atañe al fascismo como problema interpretativo o como un término mal empleado en la actualidad, recomiendo profundamente la lectura de Emilio Gentile, uno de los historiadores más especializados en el estudio del fascismo italiano. El resto de lecturas y obras referenciadas en la bibliografía también son recomendables, ya que me han servido para organizar esta escueta reflexión sobre la disciplina histórica y el fascismo.

Bibliografía

Casanova, J. (2020). Una violencia indómita: el siglo XX europeo. Barcelona: Crítica.

Gentile, E. (2019). ¿Quién es fascista? Madrid: Alianza Editorial.

Hobsbawm, E. J. (2000). Historia del siglo XX, 1914-1991. Barcelona: Crítica.

Saz, I. (2003). Los fascismos. En La construcción del presente: el mundo de 1848 a nuestros días, pp. 263- 291. Barcelona: Ariel.

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