Ensayos y artículos Historia

España: un ser desnaturalizado

Baldomero Pontones reflexiona acerca del concepto de España: lo que es, lo que implica, no es más que el resultado de la corrosión de un ideal.

Baldomero Pontones Pérez

La historia de España es la historia de la corrupción de una idea, de la aniquilación de su voluntad de poder, de la enajenación de su verdadero ser… Es la historia de la defenestración de su naturaleza que la ha llevado a convertirse en lo que, por desgracia, es y ha sido desde que dio sus primeros pasos: una marioneta impotente y desprovista de toda voluntad. Si España no funciona ni como realidad ni como aspiración es porque hace ya mucho que murió como proyecto. Y a su defunción, equivocadamente, se la ha denominado «decadencia». Pero esta solo es entendida como antítesis, como algo opuesto a una época de gloria y de esplendor, y España, aunque nació como medio para lograr aquello para sus progenitoras Castilla y Aragón, jamás alcanzó tales fines. Y, si se ha dicho que sí, entonces permitidme opinar que se trata de una confusión, pues se establece como realidad lo que tristemente no fue más que un espejismo. En palabras de Ortega y Gasset, quien examinó los males de este país como pocos lo han hecho: «“Decadencia” es un concepto relativo a un estado de salud, y, si España no ha tenido nunca salud, no cabe decir que ha decaído».

Resulta demoledor decirlo, pero es fundamental proclamarlo: España está muerta o, al menos, no se vale de sí misma para vivir. Cuanto antes entendamos esta realidad, cuanto antes la asumamos, antes nos podremos quitar de encima este peso inútil que nos lastra como individuos. Dejémosla ir, es el mejor favor que podemos hacernos a nosotros mismos. Saludemos al vacío que su partida traerá y, entonces, construyamos. Construyamos a partir de lo que es, no de lo que creemos o queremos que debe ser. Es una mala costumbre humana la de disponer la realidad según los márgenes de percepción del propio sujeto y no como verdaderamente es. Entendamos, entonces, qué es España y contrapongámoslo a lo que no es. Como manifestó Píndaro con su imperativo: «Llega a ser lo que eres».

¿Y qué es España? Eso tenemos que preguntarnos como sociedad. ¿Qué significa? ¿Qué implica? España, como idea, representó a finales del siglo XV el proyecto de engrandecimiento de los dos grandes territorios que le dieron vida: Castilla y Aragón. Era una representación clara y palpable del ideal de que la unidad hace la fuerza. No obstante, todavía era una nación en pañales, una promesa, más que una realidad, con lo cual, requería de una educación precisa, de unos guías que ahondaran más en esos valores y anhelos que posibilitaron la gestación de España. Tristemente, a los pocos años de su nacimiento, ya estaba desprovista de tan necesaria disciplina; Y no solo quedó desprovista de esta, sino corrompida por los que creyó que debían impartírsela. Ante tal fatalidad histórica, España degeneró en lo que no era como consecuencia de la pérdida de su meta vital, de su sentido de existencia.

En la pérdida u olvido de este está la degeneración de España. Todo individuo basa su impulso existencial en la consecución de un fin que viene a ser, por un lado, la proyección manifiesta de nuestro ser y, por otro, el medio a partir del cual podemos convertirnos en ese ser. Con la pérdida del objetivo vital, el individuo se pierde a sí mismo y entonces degenera hasta convertirse en un muerto viviente [1], en un ser alterno y más o menos opuesto al que verdaderamente es.

De esta forma, lo que viene siendo España, desde casi su alumbramiento, no es más que la degeneración, la desviación inequívoca de su ser. Pero, ¿cómo se ha llegado a esto? Bueno, habría que preguntárselo a la historia, a las circunstancias que provocaron el mal que hoy padecemos. Habría que situarse frente al belicoso siglo XVI en el que empezó a transitar la Monarquía Hispánica, compuesta por una heterogénea masa de territorios con objetivos vitales muy diferentes entre sí. Una monarquía que buscaba la progresiva integración y adecuación de aquella amalgama de territorios con intereses dispares, y para ello se valió de la domesticación y desvitalización de los mismos, pues, a través de estos mecanismos, conseguiría la docilidad de aquellos. Fue el proyecto vital de la Corona y, en resumen, del Estado, el que truncó de raíz el plan de España, ya que sus intereses iban en dirección radicalmente opuesta a lo que esta debía ser. Imprimieron una nueva España: desvitalizada, estancada y, en resumen, dócil a la Corona. La vida, entendida como la confluencia de distintas voluntades de poder, es definida por Nietzsche (2012) como un escenario donde la fuerza permanece inmutable [2], donde impera el principio de la conservación de la fuerza. Es la que es y hay la que hay. No hay resquicios de fuerza autónomos. Ante tal situación, todo avance de una voluntad de poder, es decir, de una fuerza, se entiende como el retroceso de otra (Hernández, 2019, 97).

 Y, en este caso, la consolidación del Estado moderno en España implicó la desnaturalización de esta.

Para la creación del Estado moderno, la Corona se valió de Castilla, cuyas condiciones intrínsecas eran más propicias para la gran empresa monárquica. Por ello, no estoy de acuerdo con el tópico orteguiano de que «Castilla hizo España y Castilla la deshizo» (Ortega y Gasset, 2011, 67) [3]. Más bien, Castilla, por su natural docilidad al poder real y, por ende, al del Estado —aunque no me olvido en absoluto de fenómenos de oposición al poder regio como la revuelta de las comunidades castellanas (1520-1522)—, fue la primera en perder su dinamismo y decaer en una absoluta falta de vitalidad por la acción del poder regio que vio en el modelo castellano el medio idóneo sobre el que desarrollar su proyecto vital. Más que el verdugo de España, Castilla fue la primera víctima de la acción del Estado y, tal vez, la más trágica, pues, una vez corrompida, se empleó como vara moldeadora para el resto de territorios. Así pues, el objetivo de los monarcas y de sus consejeros fue la adecuación de todas las posesiones de la Monarquía Hispánica al único modelo que se había demostrado apto para los intereses del Estado: el castellano.

Partiendo de esta idea, la monarquía desarrolló una compleja maquinaria de poder basada en una inmensa red clientelar de privilegios y mercedes a través de la cual el Estado fue domesticando a las fuerzas autónomas que habían existido mucho antes que él y sobre las que se había levantado en total ofensiva durante los últimos compases de la era medieval. En una realidad donde las fuerzas son inmutables, el retroceso de unas es el ascenso y avance de otras. Por tanto, la ofensiva estatal contra los poderes feudales y las ciudades respondía únicamente a que la imposición sobre los mismos era condición sine qua non para  alcanzar su máxima vital, el monopolio sobre el poder y, en consecuencia, el absoluto dominio sobre el territorio.

Fue la desvitalización, la ruina de los diferentes territorios y su creciente dependencia del Estado lo que posibilitó el encumbramiento y la consolidación de este como poder hegemónico. Las posesiones hispánicas, cortadas de sus naturales y autónomas fuentes de alimentación por la injerencia estatal, pasaron a depender, para su supervivencia, del Estado y de los víveres que este les suministraba. La genial obra de la Monarquía Hispánica fue erigirse como la única salvadora de un problema que ella misma había creado. Con la consecución de tal fin, consiguió erradicar el dinamismo y vigorosidad intrínsecos de sus territorios y degenerarlos en entes que requerían del paraguas estatal para su supervivencia. En definitiva, fue a causa de su ruina  que  obtuvo de ellos la necesaria dependencia para lograr su pertinente docilidad. Esta permitiría y posibilitaría la creación del Estado moderno, a través del cual se hizo posible la integración y homogeneización de ese entramado de posesiones (con sus fueros, legislaciones y realidades tan diferenciadas entre sí) de las que estaban conformadas las llamadas monarquías compuestas renacentistas. De esta forma, a mi juicio, fue el triunfo de la voluntad de poder del Estado lo que truncó de raíz el proyecto vital de España, por lo que pasó de ser una idea de perfeccionamiento, de reforzamiento de la vitalidad peninsular, a objeto al servicio del Estado. Así, Castilla y Aragón hicieron España, y el Estado la deshizo.

No cabe buscar la más mínima compatibilidad entre España y Estado. Hablaba antes de que España, como idea recién alumbrada, requeriría de una disciplina que le diera forma y consistencia y le aportara las herramientas a partir de las cuales un día pudiera emprender el camino hacia la conversión de la idea, del proyecto, en realidad. Hay quien pudiera pensar, con total lógica, que esa disciplina debiera ser impartida por el propio Estado, como gran poder que aunaría los intereses dispares y los adecuaría a esa gran empresa. El problema es que la voluntad de poder del Estado es radicalmente opuesta a la voluntad de poder de España. El Estado busca su conservación, el mantenimiento de su poder como única herramienta que posibilita su existencia. Para esto, se vale de todos los mecanismos expuestos anteriormente. España, en cambio, se concibió para llegar a ser un vehículo de superación, de progreso, de vitalidad. Si España impone su voluntad de poder y llega a ser aquello para lo que se  concibió, el Estado jamás podrá llegar a ser lo que por desgracia consiguió desde el siglo XVI.

Pero, si el Estado no es quien debe formar España, ¿quién debe hacerlo? Los individuos. A través de la ejecución de su libertad. De su libre asociación. Que sean ellos quienes se organicen como sociedad, quienes se den sus propias leyes y elijan a los poderes encargados de velar por su cumplimiento. No lo olvidemos: España es vehículo para el engrandecimiento de sus compatriotas, no imposición ni ente rector de sus vidas, de sus designios ni, mucho menos, de su moral. La razón de ser de España es y ha sido siempre la de brindar un mayor campo de acción, un mayor espacio donde posibilitar la consecución de los objetivos vitales de cada uno de los individuos que la conforman. En definitiva, España es poder para sus compatriotas, y, donde hay poder para estos, hay libertad. Si hay libertad, hay independencia, desarrollo, dinamismo, vitalidad y plenitud.

Esto es lo que el triunfo del Estado y sus mecanismos han imposibilitado. Lo que es hoy  esta nación representa una versión degenerada y desnaturalizada de lo que realmente es. Así, para concluir, manifiesto que España, esta España, ha de morir. Ha de desintegrarse el ente corrupto y enfermo que ha llegado a ser. No basta con erradicar el Estado. Hay que acabar también con su gran creación. Hay que acabar con este país y reducirlo a cenizas. Y, cuando el caos destructivo haya cesado, habremos de desplegar la acción creadora involucrando solo a los que estén dispuestos a llevarla a cabo.


[1] Un individuo sin propósito de vida es un ente que no se desarrolla, que no experimenta cambio o crecimiento alguno por sí mismo y permanece inmutable. Cuando un individuo vivo deviene en tal realidad, decimos que es un sujeto muerto.

[2] Se fundamenta en la idea de que fue Castilla la primera en vascular hacia el particularismo arrastrando hacia la disgregación al resto de territorios, los cuales habrían quedado contagiados e imbuidos de los males del particularismo castellano.

Bibliografía

Hernández, J. R. (2019). Nietzsche: la crítica más radical a los valores y a la moral de la cultura occidental. Barcelona: RBA Coleccionables.

Nietzsche, F. (2012). Así hablaba Zaratustra. Barcelona: Plutón Ediciones.

Ortega y Gasset, J. (2011). España invertebrada. Barcelona: Espasa Libros.

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