Ensayos y artículos

Y lo llamamos modernidad

Violeta Anduig reflexiona sobre las relaciones interpersonales y la modernidad.

Violeta Anduig

Durante la noche del domingo pasado, una vasta mayoría de la sociedad española estaba pegada a la televisión para ver el final de un programa de parejas que se habían separado durante unas semanas en una isla desierta. Se reprocharon hasta lo imposible y olvidaron el respeto tras el foco. Me asusta que estas parejas superficiales, vacías y tóxicas sean referencia directa para los jóvenes porque solo aportan desgracias y dinero. La verdad es que mucho dinero. Admito que lo vi. Me senté frente a la tele con una triste ensalada para saber a qué se referían cuando hablaban de «poner a prueba» una relación. ¡Y yo que pensaba que era aprender de los errores! Inocente de mí, pues todo lo que sabía de amor, propio y externo, me lo había enseñado mi abuela. 

Creo que las relaciones emocionales empezaron a malvarse cuando el modelo capitalista llegó a ellas, y tuvimos el descaro de llamarlo «Modernidad». Mi abuela siempre me ha dicho que nos estamos perdiendo lo bonito de crear un vínculo y que la íbamos a matar de pena. No dudo que era una romántica empedernida, exagerada como pocos y sentimental como nadie, pero, en sus años de juventud, la necesidad social de unión provocaba otra consecutiva de crear relaciones fuertes y sólidas. Nadie se planteaba que fuera lo correcto hasta que el querido capitalismo, llamémosle «zorro» (porque mete el morro donde puede), cambió la construcción de las relaciones interpersonales. La analogía con el modelo económico reside en que, mientras nuestras abuelas y madres conocían y desconocían para volver a conocer, sus maridos trabajaban en grandes fábricas que pretendían hacerlas durar más que un templo renacentista. Ahora, en cambio, al igual que queremos un móvil de último modelo de almacenamiento premium y calidad infinity que nos dure dos inviernos, queremos que las relaciones no duren lo suficiente como para tener que esforzarnos en ellas. Y lo llamamos Modernidad.

Zygmunt Bauman me ha llenado la cabeza de estas ideas premonitorias de que lo estamos haciendo fatal. Hablamos mucho y entendemos poco, y lo llamamos Modernidad. Aunque mi abuela decía lo mismo de una forma mucho menos elocuente, el sociólogo retrata a las nuevas generaciones como los buscadores de estímulos constantes, nuevos y que no supongan grandes esfuerzos. No buscamos crear relaciones, las queremos hechas de fábrica. Quiero esto, con un poco de esto, pero que no sea muy de lo otro. Agitamos la coctelera y ya tenemos la idealización perfecta para los próximos dos meses. No creamos vínculos porque no queremos dedicarle tiempo a alguien. Supone asumir la derrota y trabajar los éxitos, y lo llamamos Modernidad. Preferimos lo provisional y precario, tenemos ansia por lo nuevo y lo inmediato, y lo llamamos Modernidad, e incluso a veces, flexibilidad. 

Bauman y mi abuela se hubieran llevado bien. Me hubiera gustado verlos hablar de cómo la sociedad ha adoptado unos valores morales que se siguen llamando valores porque no tienen otro nombre. Imagino su idea de este tipo de programas, voz y estandarte de las relaciones toxicodependientes.

Pero esta modernidad líquida, desprendida de patrones y sesgos relacionales, es tan verdadera como lo fue la solidez del siglo pasado. Debemos aceptarla, deconstruirla y mejorarla. Larra, que también hubiera estado de acuerdo con mi abuela, escribió que cada siglo tiene sus verdades, como cada hombre tiene su cara.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A <span>%d</span> blogueros les gusta esto: