Ensayos y artículos Filosofía

Un breve ensayo sobre la lucha en la filosofía de J. Dewey

La pugna por la educación de nuestros días se ha convertido en la gran incógnita de nuestro tiempo. ¿Existe un modelo de aprendizaje diferente? Carlos Masia nos retrotrae al debate con la propuesta del filosofo estadounidense John Dewey.

Carlos Masia

¿Cómo se genera la duda? ¿De qué forma la importancia de esta deriva en un proceso de indagación? ¿Cómo se puede mantener esa inquietud? Mediante estas preguntas, Dewey tratará de dibujar un sistema que fomente el interés por la duda, la lucha por la averiguación. La búsqueda de respuestas será un proceso de confrontación entre el estudiante y la pregunta que necesita ser respondida.

Existe, por tanto, un proceso de lucha cuerpo a cuerpo con las condiciones de lo probable, con aquello que debería causar interés. Es una batalla que se viene dando a lo largo de todo el siglo XIX y parte del XX. Para Hegel, el espíritu, a través de la historia, luchaba contra su propia negación para devenir consciente; en Marx, el concepto de «lucha» está íntimamente ligado a la dominación de los medios de producción que deberán concluir con la dictadura del proletariado; en Nietzsche, la figura de la «lucha» adquiere un papel protagonista personificado en la voluntad de poder.

Hegel«En la filosofía hegeliana la mente ha de elevarse desde el nivel del entendimiento al nivel del pensamiento dialéctico, que supera la rigidez de los conceptos y ve cómo estos pueden generar o pasar a sus contrarios» (Copleston, 1979, p. 140) [1].
Nietzsche«¡Sí, muchas amargas muertes tiene que haber en nuestra vida, creadores! De ese modo sois defensores y justificadores de todo lo perecedero…El querer hace libres: esta es la verdadera doctrina acerca de la voluntad y la libertad- así os lo enseña el Zaratustra». (Nietzsche, 2017, p. 52)
Marx«La historia de toda sociedad hasta nuestros días no ha sido sino la historia de las luchas de clase (…), opresores y oprimidos, en lucha constante, mantuvieron una guerra ininterrumpida, ya abierta, ya disimulada» (K. Marx y F. Engels, 2011, p. 632).

En Dewey, la lucha por la indagación constituye el pilar fundamental del saber. Saber o entender algo, resulta fruto de una lucha cuerpo a cuerpo entre aquel que quiere preguntarse y aquello que tiene una respuesta todavía desconocida. Y esta lucha es a muerte. En este sentido, afirma Dewey:

«Solo mediante la lucha cuerpo a cuerpo contra las condiciones del problema de primera mano, buscando y encontrando su camino, llega a pensar»

Dewey (2004a, p. 188).

El filósofo y educador John Dewey nos dio dos importantes puntos que podemos considerar. El primero de ellos es el papel que tiene la filosofía a la hora de aliviar la «picazón» de la duda genuina. Esta irrita e inhibe, pues la creencia es aquella sobre la cual uno está preparado para actuar. Surge de la confrontación con alguna cuestión de hecho recalcitrante específica que desestabiliza nuestra creencia en alguna proposición determinada:

«¿Cuántos estudiantes no devinieron insensibles a las ideas y cuántos no perdieron el ímpetu por aprender partiendo del modo en el que experimentaron la instrucción? (…) ¿Cuántos entendieron que aprendieron de un modo tan ajeno a las situaciones de la vida externa en la escuela que esta no pudo darles control sobre aquellas?» (2004b, p. 72).

El segundo punto se basa en la concepción de que la teoría filosófica debe estar separada de la práctica. En este sentido, Dewey sentencia:

«Si presento estas cuestiones no es por el gusto de condenar el bloque de la vieja educación. Es por un fin totalmente diferente. Es para realzar el hecho, en primer lugar, de las experiencias que la gente joven ha tenido en las escuelas tradicionales; después, que aquello perturbador es el carácter defectuoso y erróneo de la experiencia. (…) Todo depende de la calidad de la experiencia que se posee» (2004b, p. 73).

El presente ensayo versará sobre el primer punto: la filosofía tiene un papel aliviador. Dewey niega en rotundo que la duda genuina sea meramente un estado de vacilación que sucede cuando un determinado hábito es interrumpido por un evento inesperado. Pensar de esta forma supondría el hecho de que la duda adquiriera el carácter de algo banal, pasajero y efímero. Aquel que dudara, simplemente tendría que dejar que el tiempo aliviara ese picor sin actuar, tratando de ignorar ese sentimiento de duda. Dewey niega este concepto de «duda». Para el filósofo estadounidense, la duda genuina que nace del interés propio acerca de algo incita a que pensemos de forma reflexiva.

Resulta que, gracias a estos momentos de duda, somos capaces de reconfigurar una serie de hipótesis supuestamente inamovibles. Aquello que nos produce la duda establece una batalla contra ese picor que se nos queda mientras la resolvemos. Esa batalla, esa lucha, solo puede nacer del interés genuino de alguien que se atreve a preguntarse.

Cuando se entabla la lucha por indagar las respuestas a las determinadas dudas que surgen sobre un determinado tema, los cimientos sobre los que se sostienen nuestras hipótesis mejor fundamentadas se tambalean. Cuando se derrumban estos pedestales, también es la duda la que nos obliga a adoptar nuevos patrones de comportamiento; nos obliga a explorar nuevos hábitos de conducta, pues los anteriores se han esfumado en mitad de la lucha por las respuestas. La meta del pensamiento reflexivo es formar esos nuevos hábitos mediante la unión de las viejas prácticas con las nuevas.

La filosofía nace del propósito de desarrollar un consistente punto de vista respecto a la forma en que las cosas son y a cómo deberíamos de actuar en consecuencia. La lucha por la indagación y por el interés comienza en la comunicación, en la transmisión de unos determinados hechos. Es por esto que, si hablamos de un aprendizaje significativo que nace de una duda genuina, el proceso de lucha no acabará nunca. No acabará mientras que la vida y el aprendizaje evolucionen.

El efectivo aprendizaje de algo se ligará de forma casi inmediata con la lucha por el intento de asimilar todo aquello con lo que esté relacionado, sin lo cual este conocimiento inicial asimilado quedará incompleto. Así, Dewey afirma que quien emprenda el camino del conocimiento, quien decida enfrentarse por primera vez a un enigma, no podrá nunca dejarlo marchar.

Sucederá, al fin, que quien comience este proceso de lucha devendrá como su propio enigma. Quien comience a luchar por entender aquello que no comprende acabará comprendiéndolo pero con la sensación de que le falta alguna pregunta por responder. Y de la respuesta de este segundo interrogante surgirá otro. Y otro. Y así hasta que le dure la vida. En este momento se dará cuenta de que todo cuanto ha intentado conocer, todo cuanto ha intentado entender, será voluble. Entenderá que evoluciona y comprenderá que esta evolución del objeto de su lucha es inherente a su propio desarrollo.

Acabamos asumiendo, por tanto, que el proceso de entender es un proceso por entenderse. Conocer es, en fin, conocer el entorno que nos rodea, es entender las condiciones por las que se da ese entorno, es percibir de qué forma este entorno condiciona nuestra forma de ser y actuar. Y es, por tanto, conocer de qué forma influirá nuestro conocimiento sobre el mundo en el propio mundo externo. De ahí que Dewey crea que conocer algo implica una serie de responsabilidades.

En el momento en el que el «yo» es consciente de que está entablando una lucha cuerpo a cuerpo contra sí mismo y contra aquello que le rodea, entiende que la actitud con la que debe afrontar esta lucha ha de ser responsable, decidida. Habrá de ser una actitud que requiera una interacción entre él como aprendiz, él mismo como entendedor y el mundo que pretende entender.

Entender constituye la dimensión teórica de la lucha, y la actitud con la que nos enfrentemos a esta se consolidará como parte práctica. Las acciones que constituyan nuestro comportamiento acerca de aquello que vamos descubriendo mediante la lucha habrán de constituir la continua evolución de nuestro ser. Para Dewey, nuestros conocimientos teóricos devendrán conscientemente pragmáticos en el momento en el que los pongamos en juego con nuestras acciones [2].

¿Qué supondrá el hecho de conocernos a nosotros mismos dentro de un mundo contra el que luchamos por entender? Inevitablemente, más lucha. Siempre seguirá quedando una duda sin responder, algo que ha de ser indagado para ser entendido. En este proceso de indagación seguiremos poniendo todo en juego, seguiremos luchando cuerpo a cuerpo contra lo que no entendemos. Sin embargo, contaremos ya con el bagaje de conocimientos que hayamos adquirido gracias a esas luchas pasajeras que entablamos en el pasado.

El concepto de la lucha por la indagación en Dewey recuerda sobremanera a la voluntad de poder en Nietzsche. Nos retrotrae a esa potestad suprema de la voluntad que lucha a diario por autoafirmarse en sí misma, al carácter bélico del aprendizaje. ¿Qué es lo que Nietzsche llama “voluntad de poder”? La voluntad de poder es la energía vital que conduce nuestros actos hacia el objetivo de la autoafirmación. La voluntad de poder es el motor principal del hombre: la ambición de lograr sus deseos, la demostración de fuerza que lo hace presentarse al mundo y estar en el lugar que siente que le corresponde. Aquel que guía su vida por la voluntad de poder es alguien que siempre trata de superarse a sí mismo y que asume la realidad de tal modo que estaría dispuesto a vivir la misma vida un número infinito de veces. Nietzsche, al respecto, afirma:

«Y sabéis, en definitiva, ¿qué es para mí el mundo? (…) Este mundo es un monstruo de fuerza, sin principio ni fin; es una suma fija de fuerza dura como el bronce (…) que se transforma; (…) es una fuerza que se encuentra por todos lados (…) Este mundo es el mundo de la voluntad de poder y nada más. Y vosotros sois también está voluntad de poder, y nada más»

Nietzsche, (2006, p. 121) [3].

El carácter bélico de la lucha por las respuestas que presenta la filosofía de Dewey alberga en su ser ese mundo de lucha del que echa mano Nietzsche para presentar su voluntad de poder. Dewey trata de convencernos de que aprender no es un proceso divertido, como tantas veces nos han intentado convencer de niños. Aprender no es el resultado de una lucha, sino que la lucha que el sujeto entabla con el objeto de conocimiento requiere un compromiso bélico constante. Aprender requiere un compromiso con lo eterno, con la complejidad. Aprender requiere comprometerse desde el principio con el reconocimiento de la propia ignorancia, con un reconocimiento que asume que nunca se sabrá todo. Y, sin embargo, se enfrenta a un mundo que se plantea ante los ojos como un puzle, como un misterio sin resolver. La lucha por la indagación requiere amar el misterio. Requiere amarlo porque se entablará una lucha contra algo que estará siempre a tu lado, acompañándote.

La batalla por el aprendizaje no puede lucharse sobre un terreno seguro, sino que habremos de lidiar siempre sobre arenas movedizas. Olvidarnos de objetivos estáticos, de objetos alcanzables de conocimiento, es el primer error que deberemos subsanar. Conocer (o creer conocer) la respuesta a una cuestión implica, por un lado, la simbiosis plena, la empatización del sujeto cognoscente con el puzzle que pretende resolver. El propio sujeto comienza un proceso de asociación con aquello que persigue, hasta el punto de combinarse con ello, de transformarse en puzzle.

Sin embargo, por otro lado, el proceso de aprendizaje requiere que abandonemos el objetivo del éxito tal y como lo entendemos. Requiere que entendamos que, en el momento en el que nace la primera duda genuina, nos vamos a ver inmersos en un proceso bélico ad aeternum por encontrar la respuesta siguiente a la duda que nos surja. Ocurrirá a menudo que los cimientos que creíamos sólidos se tambaleen, que nos veamos desprovistos de seguridades que antaño nos convencieron. Ahí reside el valor de esa lucha.

Aprender no es un proceso divertido en el que el alumno disfruta. Se disfruta luchando por aprender. Se disfruta apostando en esta lucha la vida, el cuerpo a cuerpo contra aquello que se escapa a nuestra comprensión. Se disfruta contemplando el marco de enigmas que se nos presentarán continuamente. Y para este disfrute necesitaremos adoptar una actitud honesta, consciente de la inmensidad de cosas que nunca podremos conocer. Y, aun así, seguir luchando.

Quizá resida en la propia lucha el proceso de aprendizaje. Quizá sea por el mero hecho de luchar la mejor manera de aprender, de entender. Es posible que, incluso sin tener la voluntad de aprender nada de aquello que nos rodea, seamos capaces de entender gran parte de esos enigmas interiores mediante la lucha. Luchar por saber quién soy, luchar por saber de dónde vengo, luchar por indagar las respuestas acerca del sentido de mi vida.


[1] En la dialéctica hegeliana se conjuntan dos cosas: el movimiento y la negación. En este sentido, la dialéctica es una teoría general que afirma el carácter intrínsecamente móvil y cambiante de la realidad en virtud de alguna negación. En consecuencia, solo la dialéctica, un pensamiento que se mueve mediante la negación, será capaz a la vez de expresar el movimiento de reflexión de lo absoluto y de la conciencia que lo capta.

[2] El pragmatismo (del griego πραγμα, «acción») fue una escuela filosófica nacida en EEUU a finales del s. XIX y comienzos del s. XX. El aspecto relativista del pragmatismo fue corregido por Dewey. Llamó «instrumentalismo» a su manera de enfocar el pragmatismo: el conocimiento es un proceso de investigación, en el cual las ideas son los instrumentos.

[3] Este texto, que se publicó tras la muerte del autor, es el resultado de la recopilación que su hermana Elisabeth elaboró con la finalidad de que la ideología nacionalsocialista viera en Nietzsche un autor en el que reflejar su pensamiento.

Bibliografía

Copleston, F. (2011). Historia de la filosofía (Vol. VII). Madrid: Ariel.

Dewey, J. (2004a). Democracia y educación: una introducción a la filosofía de la educación. Madrid: Ediciones Morata S.L.

Dewey, J. (2004b). Experiencia y educación. A Coruña: Kalandraka.

Ferrater Mora, J. (2014). Diccionario de Filosofía de bolsillo. Barcelona: Alianza Editorial.

Hegel, G. F. W. (2019). Fenomenología del espíritu. Madrid: Abada.

Marx, K. & Engels, F. (2011). Manifiesto comunista. Barcelona: Alianza Editorial.

Nietzsche, F. (2006). La Voluntad de Poder. Madrid: Biblioteca Edaf.Nietzsche, F. (2017) Así habló Zaratustra. Barcelona: Austral.

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